Brenda Ranieri

Solo shows · Jun–sept 2026

La forma del agua quieta

Período
junio-septiembre de 2026
Lugar
Madrid
Tipo
exposición individual / instalación escultórica
Galería
Galería Lapislázuli, patios de Garaje Vistahermosa
Materiales
porcelana, pasta refractaria, arcilla local recolectada, piedras naturales, esmalte, metal y agua
Técnicas
Torno, formulación de esmaltes, cocción de alta temperatura, ensamblaje e instalación hidráulica
Dimensiones
Variables
01 — Contexto y proceso

La forma del agua quieta parte de la relación entre jardín, fuente y cerámica como dispositivos para contener y dar cuerpo a materias inestables. Vasijas realizadas con arcillas locales y rocas recolectadas en el territorio conforman una serie de instalaciones de agua que intervienen los patios de la galería.

La propuesta nace de una contradicción: aquello que percibimos como inmóvil está atravesado por procesos continuos de transformación. El agua nunca permanece quieta; sedimenta, evapora, erosiona y circula incluso cuando parece detenida. Frente a la imagen apaciguada del jardín ornamental, la exposición revela ritmos lentos y casi imperceptibles, compartidos por el agua y la práctica cerámica.

Las ruinas y las piezas dialogan simbióticamente con los árboles de los patios: los contienen, bordean o señalan y, al mismo tiempo, construyen con ellos una relación estética. Arcilla, piedra, porcelana, metal y esmalte conservan las marcas del fuego y del territorio, mientras el agua reactiva las obras y las mantiene abiertas al tiempo.

Archivo del proyecto19 imágenes
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Notas

La caída de un árbol

La forma del agua quieta · Lapislázuli, Madrid / Río Nora, Asturias

La caída de un árbol reorganiza su entorno. Cambia la luz, los apoyos y el contacto con el suelo; abre recorridos, ofrece refugio y alimento. Lo que le pasa al árbol se extiende a otros cuerpos, tanto si sigue vivo como si comienza a descomponerse.

En uno de los patios de Lapislázuli hay un ciprés caído que sigue vivo. Las piezas de la exposición La forma del agua quieta conviven con él y con los árboles que permanecen en pie a su alrededor. Me llama la atención cómo se integró todo. Algunas relaciones las leí durante el montaje y las hice evidentes al instalar las piezas; otras aparecieron después, como respondiendo a cuestiones que habían quedado abiertas en el taller.

Cuando se trabaja de forma situada, hay algo de esa atención que se vuelve circular: recolecto los materiales, trabajo con ellos y vuelven al territorio en forma de piezas para vincularse y abrir otros diálogos.

Parte de las piezas nace de mi interés por el inframundo etrusco y por lo que pasa bajo tierra, donde conviven los restos de lo que murió con las raíces de lo que sigue creciendo. Esa convivencia atraviesa La forma del agua quieta, junto con la atención a lo que parece detenido pero sigue transformándose. El agua que circula por las cerámicas participa de esos procesos. El encuentro con el ciprés me permitió reconocer en el entorno algo que venía trabajando desde ese imaginario: la caída, la permanencia y la vida no se suceden siempre en el orden que les damos.

Hace poco, junto al río Nora en Asturias, estuve bastante rato observando cómo dos burras comían una rama caída. Se había caído la madrugada después del eclipse del 12 de agosto.

Ver esa escena me hizo volver a pensar en el ciprés. En cómo una caída modifica mucho más que la posición de un árbol: lo que antes estaba en altura queda al alcance de otros cuerpos. Algo de esa reorganización que observo entre las piezas y los árboles aparecía también ahí, en las burras comiendo de la rama.

Antes de su caída, un árbol es un ser vivo que cataliza y regula conversaciones dentro de su cuerpo y a su alrededor. La muerte termina con el manejo activo de esas conexiones. Las células de las raíces ya no mandan señales al ADN de las bacterias, las hojas terminan su cháchara química con los insectos, y los hongos no reciben más mensajes de su huésped. Pero en realidad el árbol nunca controló del todo estas conexiones; en vida el árbol solo era una parte de su red. La muerte descentra la vida del árbol, pero no acaba con ella.

— Las canciones de los árboles, «El fresno verde», p. 97.
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